A Luis, in memoriam
Una tarde de hace treinta años yo tenía quince años. Fue
la tarde en que descubrí una canción que hablaba de una chica de pies pequeños
con un castillo en el vientre; yo no podía creer que hubiera un tipo que le
dijera a su novia que iba a robarle un color; no me entraba en la cabeza. Me
acuerdo que corrí (metafóricamente) hasta donde trabajaba mi papá y le conté
del hallazgo. Claro, él conocía la canción porque en ese entonces ya era
mítica. Se rió moviendo los bigotes y agarró un papel cualquiera.
Garabateó unas líneas y me lo dio a leer. Eran cuatro versos, con metáforas, rima y todo eso. Entonces rió otra vez y me dijo, No es tan difícil escribir poesía. Me sentí frustrado. Pero en el tamiz del recuerdo la frustración no quedó del lado de lo importante. Me empezaba a gustar la poesía pero aún no lo sabía.
Garabateó unas líneas y me lo dio a leer. Eran cuatro versos, con metáforas, rima y todo eso. Entonces rió otra vez y me dijo, No es tan difícil escribir poesía. Me sentí frustrado. Pero en el tamiz del recuerdo la frustración no quedó del lado de lo importante. Me empezaba a gustar la poesía pero aún no lo sabía.
Mi papá se murió enseguida, pocos meses después de
aquella tarde. Y junto con el dolor vino la política, el sexo, los viajes, el
desencanto; no necesariamente en este orden pero ya da lo mismo. Y la poesía.
Produje kilogramos, fardos de poemas que asustarían al cartonero más avezado.
¿Buscaba reproducir aquellos cuatro versos escritos por mi viejo en un papel
cualquiera o buscaba escribir como Luis? Qué fácil es hacer interpretaciones.
Quizá lo que pretendía, modestamente, era decir y ser glorioso. Una de las dos
cosas la conseguí.
Bastante tiempo después un amigo me presentó ante un
tercero como “La única persona en el mundo que entiende todos los temas de
Spinetta”. Sabía de la injusticia de esa mención pero me callé y asentí. Es
más, recuerdo que di una explicación rápida de “La bengala perdida”. Qué fácil
es hacer interpretaciones. Y yo que lo único que pretendía, humildemente, era
tener alguien con quien hablar; encontrar un papel cualquiera en este jardín de
gente. Y la poesía de Luis no solo me daba ese espacio, sino que pocas veces me
topé con un tipo que me entendiera tanto.
Después vinieron los hijos y su amor inédito, los
pañales, los años en blanco y una imagen ante el espejo. Hoy vienen y me dicen
que murió Luis. Pero no me creo nada, no soy tan estúpido: sé que cuando se
muera voy a ser el único que se dé cuenta. Además, morir se mueren tipos como
mi viejo, se mueren los amigos y hasta se muere algún famoso. Pero Luis no.
Seguro que es una mentira. O una interpretación barata de la realidad. Con lo
fácil que es escribir poesía.
Madrid, 10 de febrero de 2012
Alejandro
Feijóo
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