Mostrando entradas con la etiqueta fragmento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fragmento. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de febrero de 2017

Una historia de azotes (fragmento)

Él:      No ha llegado el Manual, ¿verdad?
Ella:  No señor. (Le sirve una bebida en la taza).
Él:      Hace frío. (Ella va al termómetro). ¿24 grados?
Ella:  23 grados y 6 décimas. Exactamente.
Él:      Lo sabía. Es tu día de suerte.
Ella:  Sí, señor. Lo he mirado. Entra en el margen de error.
Él:      No te excedas en las respuestas.
Ella:  No, señor.
Él:      No vuelvas a excederte en las respuestas.
Ella:  Sí, señor.

La banalidad del tag (fragmento)

A la salida Milena nos indica que ha acabado la visita al campo I y que nos encontraremos en Birkenau. Como deseo resulta algo descorazonador.
     F. me muestra una fotografía que ha hecho hace un momento: yo entrando en la cámara de gas; voy en fila con otros que me preceden y me suceden, me falta poco para pasar bajo el vano de la puerta. Yo entrando en la reconstrucción soy un yo reconstruido; soy la explicación de un amigo de F. que fue con él a Auschwitz.
     Quiero aprovechar los últimos momentos. Hago una docena de instantáneas a las alambradas. Lo sé, revisaré las fotos (en un futuro cóncavo) y me arrepentiré de no haber retratado un ángulo obtuso más de la valla, la torre de vigilancia a contraluz, el detalle de la púa oxidada con el filtro macro.

Diario de un sótano (fragmento)

Vuelvo a tratar a la chica joven. Y es verdad que nadie me lo pide, pero acaso sea una forma de mantenerme lo más cerca posible de la línea divisoria. Cierto es también que ocupo con ella los ratos libres de Sótano, que son más que los que creí estando del otro lado. He de reconocer que ahora me abruma la rutina que fuera tan deseada. Y me ofende la llaneza de mis nuevos compañeros, el descaro varonil con que se tratan unos a otros. ¿Debo tener compasión y acabar de una vez con ella? De hecho lo tengo, el comportamiento compasivo, y no utilizo ningún otro instrumento más que el que me proporcionara Jefe aquella tarde. Aún no he conseguido descifrar el porqué de que este artilugio, tan sencillo como pueden serlo dos brazos metálicos ensartados por un muelle, no se utiliza a mayor escala.

Aballay o la ilusión de la penitencia (fragmento)

Las palabras que siguen están repartidas. Las acertadas pertenecen a Antonio di Benedetto, a su cuento “Aballay”. El resto no.

       Se lo ve, Aballay no está cómodo entre los fieles, aun­que si sufre es de otras raíces. Acude a la capillita em­pu­jado por su si­lencio callado, que es cos­tumbre y fuente de in­tui­ción. La voz del cura suena lejos, por el eco. No im­porta si una o dos palabras se escuchan raras, Aballay sabe que todas hablan de él. El corazón bombea, la mano obedece, el sudor cambia de piel. Arriba del tem­plo, el sol redobla la seque­dad. Aballay es patote­ro, más bien na­vaje­ro (casi un marine­ro de la pam­pa). Más tarde, en el campa­mento de peregrinos, contará cuatro mi­li­cos, porque el oficio de­for­ma.