Las palabras que siguen están repartidas.
Las acertadas pertenecen a Antonio di Benedetto, a su cuento “Aballay”. El
resto no.
Se
lo ve, Aballay no está cómodo entre los fieles, aunque si sufre es de otras
raíces. Acude a la capillita empujado por su silencio callado, que es costumbre
y fuente de intuición. La voz del cura suena lejos, por el eco. No importa
si una o dos palabras se escuchan raras, Aballay sabe que todas hablan de él.
El corazón bombea, la mano obedece, el sudor cambia de piel. Arriba del templo,
el sol redobla la sequedad. Aballay es patotero, más bien navajero (casi un
marinero de la pampa). Más tarde, en el campamento de peregrinos, contará
cuatro milicos, porque el oficio deforma.