El eterno Paul McCartney
tira del hilo de su infancia para componer un disco de estándares que arrastra
la inercia del adiós.
La
última entrega de Paul McCartney tiene todos los números para ser
definitivamente la última. Cierto es que es difícil jugarle un pulso de plazos
a la biología, pero desde el título ambiguo (Kisses on the Bottom, algo así como ‘besos al final’) hasta la
lista de temas, el legendario McCartney entona un aire de despedida que sopla
hasta el último minuto del disco. Para abanicarlo mejor, sir Paul recurre a una docena de estándares que su padre marcaba al
piano, allá al fondo de la historia, cuando el mundo era un sitio peor pero
parecía mejor que ahora y el niño Paul –imaginamos– las escuchaba elucubrando
qué haría después de los Beatles.