La
obsesión de Sergio Larraín por fotografiar "seres comunes" no fue
menor que la de mantener el pulso de su propia vida, y ambas las aplicó con
igual rigor.
Existen, nos consta,
los fotógrafos de interior. Aquellos que, rodeados de focos y accesorios,
intentan romper los corsés del hecho artístico o, al menos, asegurarse una
jugosa facturación en condiciones de cero absoluto, las que brinda el hábitat
dirigido e invariable del estudio fotográfico. Sin embargo, la palabra fotógrafo remite casi por necesidad a
intemperie, a movimiento incesante, a astrónomo especializado en la altura de
los ojos. Aunque más no sea para enfatizar el vaivén dialéctico que se produce
entre el sujeto en movimiento y el estatismo que la fotografía otorga al objeto
retratado, el fotógrafo ha de transcurrir por inclemencias y vagabundeos
largos, e incorporar al retrato el calor y los olores que no se imprimen en el
papel.