Lupa del entomólogo en mano,
Ricardo Piglia recorre la anatomía del relatar desde la caverna de ayer hasta
el byte de mañana
Somos
hijos del relato (escrito sea sin mayúsculas ni intención hegemónica). Hijos del
relato del padre, al borde de la cama, de la botella o de la tundra; hijos del
relato que, por no ser contado, se apunta bajo la almohada, bajo un álamo, bajo
las chapas; hijos, al fin, de todas las versiones del relato atávico que revela
aquello que creeremos haber incorporado motu proprio, con la vanidad que da el
volver la espalda al mito. Esta filiación nos condena a un relatar constante, a
perseguir la duda que se esconde tras la respuesta. Así, entre el streaming
obligado de la caverna y el bloguero narcisista transcurre la literatura. Tanto
su escritura, la experiencia del apoderamiento del lenguaje, como su lectura y
sus modos de descifrar.