Vuelvo a
tratar a la chica joven. Y es verdad que nadie me lo pide, pero acaso sea una
forma de mantenerme lo más cerca posible de la línea divisoria. Cierto es
también que ocupo con ella los ratos libres de Sótano, que son más que los que
creí estando del otro lado. He de reconocer que ahora me abruma la rutina que
fuera tan deseada. Y me ofende la llaneza de mis nuevos compañeros, el descaro
varonil con que se tratan unos a otros. ¿Debo tener compasión y acabar de una
vez con ella? De hecho lo tengo, el comportamiento compasivo, y no utilizo
ningún otro instrumento más que el que me proporcionara Jefe aquella tarde. Aún
no he conseguido descifrar el porqué de que este artilugio, tan sencillo como
pueden serlo dos brazos metálicos ensartados por un muelle, no se utiliza a
mayor escala.
Los
nuevos encuentros los mantengo en una sala que no conocía, ubicada un nivel más
abajo que las dependencias habituales. Sus ojos silenciosos siguen contrastando
con su anterior y lastimosa locuacidad. En estos días, su piel repujada ha
adquirido otra calidad, otra textura, semejante a la de un enjambre de pequeños
hoyos. Los tormentos en sí duran poco, son más bien relámpagos. Prefiero pasar
el rato sentado a su lado, interpretando su letanía de ayes como aquello que me
ha permitido no tener que emitirlos. No hay identificación ni nada que se le
parezca; tampoco me sumo en ninguno de los síndromes que igualan víctimas y
victimarios. No lo somos: nuestras respectivas condiciones no son más que
síntomas de dos voluntades con distintos sueños.
Vuelvo a
tratar a la chica joven. En una de las sesiones habla. No es el objetivo de mi
acción ni mucho menos; de hecho han vuelto a llegarme rumores de Jefe, en este
caso contrarios a mis visitas fuera de programa a la chica. Ella habla, y
cuando escucho sé que busca doblegarme. Son sólo dos palabras su pregunta: ¿Por
qué? Es decir, quiere saber por qué nosotros, por qué yo a ella cuando ya no se
necesita información, ni siquiera victorias parciales. Quiere saber por qué
todavía, si esto que ella cree que es dominación tiene ya visos de hegemonía.
Por qué así, con este nuevo instrumento que parece habérseme adherido al ánimo.
Lo
reconozco: ese día pierdo los nervios. Y me espanto: ellos perdían los nervios
durante las primeras sesiones, yo la escuchaba, a través de la humedad del
pasillo, y pensaba: Se están ensañando con esta pobrecita.
Arrojo
con fuerza el instrumento, que se abolla contra el suelo. Mis ropas también
caen. Desnudos los dos nos parecemos, le digo. No me cuesta forzarla, si acaso
por la altura de la mesa. Los huesos de sus caderas se me clavan en el vientre.
Alejandro Feijóo

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