Ray Loriga, el
otrora enfant terrible de la
narrativa española, da nuevas muestras de su olfato literario en esta historia
de drogas perfectas y perdedores no menos intachables.
A principios de los años noventa, un
jovencito llamado Ray Loriga (Madrid, 1967), de rasgos afilados y cigarrillo sempiterno,
sacudía el mercado literario español con un par de novelas que golpearon de la
cintura para abajo. La crítica fue prácticamente unánime a la hora de calificar
el envite, y no tardó en asociarle epítetos como “Generación X” o “realismo
sucio” y confraternizaciones con señores como Burroughs o Kerouac. Eran tiempos
aquellos en los que la Hispania se subía las medias, deseosa de mostrar al
resto del mundo que ella también sabía usar ligueros y que había aprendido a
depilarse. Eran tiempos de juegos olímpicos, de trenes que van muy rápido y de ganar
subvenciones a fondo perdido; tiempos de medallas de oro, de exposiciones
universales muy localistas y de hacer la vista gorda con los gordos de vista.