El mundo de las mafias
napolitanas traduce en violencia los años de olvido, marginación, pobreza y
despojo
Es
sabido que los pueblos necesitan mecas en donde derivar la parte más estructurada
de la fe. Y es probable que para un argentino no exista meca mayor que Nápoles,
cuyo epicentro radicaría en el estadio Giuseppe Meazza donde, dicen las
crónicas de la época, sucedieron milagros balompédicos hoy ya atemporales. Pero
Nápoles es obviamente más que la construcción ritual que le concede la mirada
futbolística argentina. Lo fue antes, en forma de reino medieval, y lo es
ahora, en tanto región azotada por el olvido intencionado de las instituciones
centrales, por la pobreza estructural y por la simbiosis establecida entre la
mafia (las mafias) y los estamentos político, judicial o policial.