jueves, 2 de febrero de 2017

Cuaderno de Buenos Aires (fragmento)

Un machete, ayudamemoria. En un campo de concentración, una enferme­ra, chupa­da del hospital donde trabajaba, le salva la vida a una presa jo­venci­ta de la que no sabe su nombre; acaso por su estado le llama la Flaca. Al salir, la en­fer­mera se exi­lia en Europa, y allí se separa de su mari­do, del que no vuelve a tener noticias. Con las elec­ciones del 83 vuel­ve al país. Pronto ve que hay poco de lo que ha­bía, y una desilusión que es como un mar la oprime: se siente expulsada de donde acaba de llegar. Muchos de sus antiguos compañeros vuelven a exi­liarse: en un kiosco, dan­do clases en el interior; algunos lo intentan con más hi­jos. Ella no quiere ser más enfermera; en realidad no tiene más ganas de ayudar. Con una ami­ga del interior po­ne un ne­go­cio de ropa en otra ciudad, lejos de Bue­nos Ai­res. Una tar­de cual­quie­ra, de poco movimiento, en­tra su ex marido al local, acom­pañado por su nueva esposa. La mujer es una jo­ven­ muy del­ga­da, que cuan­do estu­vo desa­pa­re­cida salvó su vida gra­cias a los cui­dados de una chupa­da, enfer­mera, que había curado sus he­ri­das. Las mujeres se abrazan, se dicen los nombres que no conocían. Mien­tras, el hombre busca una campera pa­ra él.


Ayudamemoria. Dora ha de­cidido regalar algunos li­bros viejos a una biblio­teca muni­cipal; entre los títulos hay de todo, principalmente libros de cien­cia ficción de su marido muerto, que tal vez no hayan sido leídos. La biblio­teca­ria co­mienza a hablar con ella, del tiem­po, de cosas bana­les. Entonces la mujer dice, Soy una desa­pareci­da (usa el pre­sen­te). Cuenta que se tiró por el balcón de un regi­miento para es­capar; su sonri­sa es la más dulce de la ciu­dad, esa tar­de. Dice que cele­bra cada ani­ver­sario del salto por el balcón; Ese día es mi cum­ple­años, dice son­riente. Dora promete volver a la biblioteca, porque en casa tie­ne más libros con los que no sabe qué hacer.

Ayudamemoria. En la parrilla, un chupa­do que se sabe trai­cio­nado por la dirigen­cia de su organización canta una cita a ciegas, que re­sulta ser con su mu­jer, que al caer se ena­mora de su tor­turador.

Ayudamemoria. Un chupado que se sabe vendido se decide a ha­blar, pero es tanto el shock al saberse traicionado por su mejor compañero, que no le salen las pa­labras; quie­re hablar pero no puede; los milicos le dan más máquina, por ca­llarse, por hacerse el machito.


Ayudamemoria. Una desaparecida y luego exiliada empu­ja el ca­rro con sus ma­letas por los pasillos de cual­quier ae­ro­puerto europeo. Las ruedas chocan con otras rue­das, las del carro de un compañero que estuvo desa­parecido y ahora exi­lia­do, que deambula por los pasi­llos de cualquier ae­ro­puerto euro­peo. Son dos muer­tos hasta ese momento. Se mi­ran, de carro a carro, sin tocarse. Se insul­tan por estar vivos, antes de amarse en un abrazo que es casi un milagro. Tardan bastante tiempo en dejar de lla­marse por sus nombres de guerra.

Alejandro Feijóo

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