No resulta sencillo
aproximarse a la figura de Jacqueline du Pré, considerada la mejor
instrumentista británica de los últimos trescientos años, uno de los más
brillantes violonchelistas de la historia o, sencillamente, un fenómeno fuera
de calificación.
No
resulta sencillo aproximarse a la figura de Jacqueline du Pré (JdP). Y aún
menos hacerlo sin visitar tópicos. Hablamos de quien es considerada la mejor
instrumentista británica de los últimos trescientos años, uno de los más
brillantes violonchelistas de la historia o, sencillamente, un fenómeno fuera
de calificación. Y ello a pesar de haber visto truncada su carrera profesional
a los 28 años de edad. Desde entonces y hasta su fallecimiento catorce años más
tarde, convivió con la muerte en vida que constituye una enfermedad neurodegenerativa,
sin volver a interpretar en público y dedicándose a la enseñanza casi en el
anonimato. No es errático afirmar, pues, que la fotografía fija de la JdP plena
de facultades resulta una de las estampas más luminosas que podemos encontrar
en la historia de la interpretación musical.
Cuenta
su madre que Jacqueline ya cantaba afinado antes de cumplir su primer año de
edad. No es extraño que con apenas cuatro años el sonido de un chelo emitido
por la radio la deslumbrara al punto de pedir a su madre “eso” que sonaba de
aquella manera. Cuando su talento la desbordó en busca de nuevas partituras y
de otros profesores, se puso a las órdenes de William Pleeth, a quien JdP
siempre consideraría su padre musical, a pesar de que a lo largo de su carrera
alcanzó a codearse con los mejores. El nuevo profesor tardó apenas unos
instantes en saber que, más que enseñarle supuestos secretos de un instrumento
que para ella parecía no tenerlos, más bien sería él quien pronto aprendería de
JdP. Cuando Jacqueline apenas pasaba los diez años de edad, Pleeth tomó una
decisión descabellada para el común de los mortales, pero que en el caso de JdP
constituyó el episodio fundacional de una interpretación histórica: sugerirle
el aprendizaje del concierto de Elgar, la obra cumbre del violonchelo.
Considerada
una de las obras de madurez por excelencia, el concierto para chelo de Edward
Elgar constituye la visión profunda de un hombre que ve cercana su muerte y
para quien el pasado no es más que un agotado escenario de violencia. No es
esta, precisamente, la cosmovisión vital que se le presupone a una niña que no
ha alcanzado la pubertad. Sin embargo, la naturalidad con que JdP se enfrentaba
a la interpretación solventó el abismo generacional con una sencillez que a la
vez contrastaba con la pulsión extasiante que daba a cada golpe de arco.
JdP
interpretó por primera vez en público el concierto de Elgar en Londres, con la
Orquesta Sinfónica de la BBC, el día que en el hemisferio norte comenzaba la
primavera de 1962. Jacqueline tenía 17 años y su capacidad para comunicar la
intención de ocaso que Elgar había traducido a corcheas y silencios terminó por
sepultarla irremediablemente en la historia. Comenzó entonces una segunda etapa
en su vida, su perfil más público, tras el que se encadenaron conciertos y
grabaciones, viajes y clases magistrales; encuentros con Rostropovich y
enfrentamientos con Pau Casals; depresiones, dos estradivarius, su conversión
al judaísmo y una boda con Daniel Baremboim que alimentó la leyenda de ambos
prodigios.
Hasta
que un día, JdP canceló un concierto. Fue en Nueva York, en febrero de 1973, y
las crecientes dificultades que venía experimentando para digitar se
convirtieron pronto en diagnóstico firme. Así fue como la esclerosis múltiple
regaló al mundo una leyenda. Un regalo envenenado que es hoy luminosa emoción.
Quedan de ella múltiples grabaciones y algunos registros fílmicos que dan fe de
que no conoció la moderación, que el exceso fue su brillo infalible y la
precisión, el refugio de su genio.
Alejandro Feijóo
(Publicado en Esto No Es Una Revista, número 8: El Incendio)
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