domingo, 1 de septiembre de 2013

Jacqueline Du Pré vs. Jacqueline Du Pré

No resulta sencillo aproximarse a la figura de Jacqueline du Pré, considerada la mejor instrumentista británica de los últimos trescientos años, uno de los más brillantes violonchelistas de la historia o, sencillamente, un fenómeno fuera de calificación.




No resulta sencillo aproximarse a la figura de Jacqueline du Pré (JdP). Y aún menos hacerlo sin visitar tópicos. Hablamos de quien es considerada la mejor instrumentista británica de los últimos trescientos años, uno de los más brillantes violonchelistas de la historia o, sencillamente, un fenómeno fuera de calificación. Y ello a pesar de haber visto truncada su carrera profesional a los 28 años de edad. Desde entonces y hasta su fallecimiento catorce años más tarde, convivió con la muerte en vida que constituye una enfermedad neurodegenerativa, sin volver a interpretar en público y dedicándose a la enseñanza casi en el anonimato. No es errático afirmar, pues, que la fotografía fija de la JdP plena de facultades resulta una de las estampas más luminosas que podemos encontrar en la historia de la interpretación musical.

Cuenta su madre que Jacqueline ya cantaba afinado antes de cumplir su primer año de edad. No es extraño que con apenas cuatro años el sonido de un chelo emitido por la radio la deslumbrara al punto de pedir a su madre “eso” que sonaba de aquella manera. Cuando su talento la desbordó en busca de nuevas partituras y de otros profesores, se puso a las órdenes de William Pleeth, a quien JdP siempre consideraría su padre musical, a pesar de que a lo largo de su carrera alcanzó a codearse con los mejores. El nuevo profesor tardó apenas unos instantes en saber que, más que enseñarle supuestos secretos de un instrumento que para ella parecía no tenerlos, más bien sería él quien pronto aprendería de JdP. Cuando Jacqueline apenas pasaba los diez años de edad, Pleeth tomó una decisión descabellada para el común de los mortales, pero que en el caso de JdP constituyó el episodio fundacional de una interpretación histórica: sugerirle el aprendizaje del concierto de Elgar, la obra cumbre del violonchelo.

Considerada una de las obras de madurez por excelencia, el concierto para chelo de Edward Elgar constituye la visión profunda de un hombre que ve cercana su muerte y para quien el pasado no es más que un agotado escenario de violencia. No es esta, precisamente, la cosmovisión vital que se le presupone a una niña que no ha alcanzado la pubertad. Sin embargo, la naturalidad con que JdP se enfrentaba a la interpretación solventó el abismo generacional con una sencillez que a la vez contrastaba con la pulsión extasiante que daba a cada golpe de arco.

JdP interpretó por primera vez en público el concierto de Elgar en Londres, con la Orquesta Sinfónica de la BBC, el día que en el hemisferio norte comenzaba la primavera de 1962. Jacqueline tenía 17 años y su capacidad para comunicar la intención de ocaso que Elgar había traducido a corcheas y silencios terminó por sepultarla irremediablemente en la historia. Comenzó entonces una segunda etapa en su vida, su perfil más público, tras el que se encadenaron conciertos y grabaciones, viajes y clases magistrales; encuentros con Rostropovich y enfrentamientos con Pau Casals; depresiones, dos estradivarius, su conversión al judaísmo y una boda con Daniel Baremboim que alimentó la leyenda de ambos prodigios.

Hasta que un día, JdP canceló un concierto. Fue en Nueva York, en febrero de 1973, y las crecientes dificultades que venía experimentando para digitar se convirtieron pronto en diagnóstico firme. Así fue como la esclerosis múltiple regaló al mundo una leyenda. Un regalo envenenado que es hoy luminosa emoción. Quedan de ella múltiples grabaciones y algunos registros fílmicos que dan fe de que no conoció la moderación, que el exceso fue su brillo infalible y la precisión, el refugio de su genio.

Alejandro Feijóo





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