Tres décadas después, Kamikaze sigue surcando el cielo de los
tiempos haciendo gala de su expansivo carácter de disco intimista.
Cuando
en septiembre de 1980 Serú Girán y Spinetta Jade compartieron el escenario del
estadio Obras yo fui a ver a Charly. De hecho bordeé el aburrimiento durante la
actuación de Luis y compañía: a qué negarlo tantos años después. Yo todavía era
muy chico para casi todo; también para el jazz porteño de Jade, para su
urbanismo hermético. A la mayoría de amigos que nos sentamos en el incómodo
cemento de esa popular le pasó algo parecido; salvo a uno, que para ese febril
entonces ya era pelado y músico, e insistía con primar las estructuras
complicadas de “Dale gracias” o “Amenábar” frente a los estribillos de “Perro
andaluz”. Soy un tonto en seguirte, le decía yo.
Después
pasaron cosas: las malas, muy malas, y las buenas, muy buenas. Y muchas de
ellas al mismo tiempo, como suele corresponder a la edad. Entre las primeras
destacó la guerra de Malvinas y entre las segundas, casi al mismo tiempo, la
publicación de Kamikaze. Este
paréntesis de Jade me encantó enseguida, sobre todo porque me pareció
accesible. Ocurre normalmente que el error constituya un camino recto hacia el
acierto o el hallazgo, pues de accesible este disco acaso tenga la portada
monocromática y poco más. La rejuntada de temas que, por hache o por be, no
habían entrado en anteriores entregas no abunda en la disparidad estilística;
es más, todos los temas parecen haber sido compuestos el mismo día, a pesar de
que alguno como “Barro tal vez” datara de su adolescencia.
Con
Kamikaze Spinetta desata una
introspección (valga el oxímoron) que no por visitada pierde el asombro. La
lírica de “Ella también”, el folclorismo noise
de “Casas marcadas” o la dulce “Quedándote o yéndote” encajan como un guante
con la épica sepia de “Kamikaze”, la fábula faunística de “La aventura de la
abeja reina” o el desmembramiento yoístico de “Águila de trueno”. Esta nueva
apuesta solista de Luis fue en su momento prácticamente inadvertida, pero
trazaba una hebra impalpable con Artaud
(casi diez años atrás) y prefiguraba en cierto modo Pelusón of milk (casi diez años después), conformando una trilogía
del futuro que habla con la misma insolencia del amor, la poesía o las viejas
medallas.
Supongo
que nadie tiene la culpa de que Luis haya muerto. Y yo hasta he conseguido
estar contento, pues a día de hoy ya puedo volver a afrontar su discografía sin
llorar necesariamente. A día de hoy debo decir también que aquel joven pelado y
músico sigue siendo pelado y músico. Y también mi amigo. Ahora es él quien
prima la sencillez compositiva, mientras yo escucho algunas músicas que no
entienden ni sus compositores. Otra vez con el futuro, el pasado y sus zonas
intermedias. Que todo sea como vos quieras, le diré la próxima.
Kamikaze (1982, BMG)
Alejandro
Feijóo
(Publicado en Esto No Es Una Revista, número 22: El Loco)
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