martes, 19 de noviembre de 2013

La historia del peine en la historia

Del marfil de hipopótamos egipcios al actual plástico duro made in China, el peine ha sido siempre ese señor dentado que nos permite salir lindos en las fotos

Mucho antes de que el peine se hubiera convertido en ese objeto que encaja perfectamente en el bolsillo del caballero; mucho antes también de que el pelo se volviera fetiche de una sexualidad más o menos intensa, y mucho antes –por supuesto– de que los clorofluorocarbonados de lacas y fijadores hubieran dado en la diana de la capa de ozono, el peine ya había mostrado sus dientes en las fauces de la humanidad. La galería fotográfica que les presentamos a continuación da buena fe de esa presencia histórica, acaso modesta pero nunca marginal.


Desde las muestras más primitivas (algunas de las cuales se asemejan más a objetos punzantes que a complementos de belleza) hasta las delicadas joyas que adornaron los tocadores de monarquías y aristocracias varias, el peine enseña una evolución que abarca el primer descubrimiento de una forma que emula los dedos de la mano, su conversión en delicatessen de orfebre y su posterior extensión hacia el cosmos pequeñoburgués, esto es, hacia la funcionalidad y la accesibilidad, conseguidas en buena parte gracias a ese milagro del capitalismo de Estado que es la hegemonía del plástico made in China.

A la vista de su actual usabilidad y su conversión en baratija de bolsillo, todo indica que los peines actuales acabarán su paso por el mundo en vertederos contaminantes. Mientras tanto, estos peines históricos despiertan la admiración de los visitantes del Hermitage, del museo egipcio de Berlín o de muchas otras instituciones cuyos fondos, a menudo, se han nutrido con los frutos del expolio colonial. Por ello, resulta trabajoso imaginar (al precio al que hoy se cotizan las certezas) el que nuestros peines actuales vayan a integrar las colecciones permanentes de museo alguno, a no ser que las autoridades del porvenir tengan a bien planear la apertura de los futuros Museo del Rastro o Museo de la Saladita. Mientras eso ocurre (o no), los invitamos a disfrutar de estos peines que, producto del azar, la supremacía militar o las infidelidades de palacio, han conseguido su lugar en la foto de la historia.

Alejandro Feijóo





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