Del marfil de hipopótamos egipcios al actual plástico duro made in
China, el peine ha sido siempre ese señor dentado que nos permite salir lindos
en las fotos
Mucho antes de que el peine se
hubiera convertido en ese objeto que encaja perfectamente en el bolsillo del
caballero; mucho antes también de que el pelo se volviera fetiche de una
sexualidad más o menos intensa, y mucho antes –por supuesto– de que los
clorofluorocarbonados de lacas y fijadores hubieran dado en la diana de la capa
de ozono, el peine ya había mostrado sus dientes en las fauces de la humanidad.
La galería fotográfica que les presentamos a continuación da buena fe de esa
presencia histórica, acaso modesta pero nunca marginal.
Desde las muestras más primitivas
(algunas de las cuales se asemejan más a objetos punzantes que a complementos
de belleza) hasta las delicadas joyas que adornaron los tocadores de monarquías
y aristocracias varias, el peine enseña una evolución que abarca el primer
descubrimiento de una forma que emula los dedos de la mano, su conversión en delicatessen de orfebre y su posterior
extensión hacia el cosmos pequeñoburgués, esto es, hacia la funcionalidad y la
accesibilidad, conseguidas en buena parte gracias a ese milagro del capitalismo
de Estado que es la hegemonía del plástico made
in China.
A la vista de su actual
usabilidad y su conversión en baratija de bolsillo, todo indica que los peines
actuales acabarán su paso por el mundo en vertederos contaminantes. Mientras
tanto, estos peines históricos despiertan la admiración de los visitantes del
Hermitage, del museo egipcio de Berlín o de muchas otras instituciones cuyos
fondos, a menudo, se han nutrido con los frutos del expolio colonial. Por ello,
resulta trabajoso imaginar (al precio al que hoy se cotizan las certezas) el
que nuestros peines actuales vayan a integrar las colecciones permanentes de
museo alguno, a no ser que las autoridades del porvenir tengan a bien planear
la apertura de los futuros Museo del Rastro o Museo de la Saladita. Mientras
eso ocurre (o no), los invitamos a disfrutar de estos peines que, producto del
azar, la supremacía militar o las infidelidades de palacio, han conseguido su
lugar en la foto de la historia.
Alejandro Feijóo
(Publicado en Esto No Es Una
Revista, número 27: El Peine)
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