El hispanista Ian Gibson comienza hablándonos de su biografía de Buñuel
recientemente publicada para terminar desmenuzando la triste España de hoy.
El Diccionario de la lengua española precisa que el hispanista es la
“persona que profesa el estudio de
lenguas, literaturas o cultura hispánicas, o está versada en ellos”. La
definición resulta a simple vista incompleta, pues nada menciona acerca del
carácter usualmente extranjero del hispanista. Pero cuando nos aproximamos a la
figura de Ian Gibson (Dublín,
1939), pronto se descubre que la Real Academia Española ha olvidado la pasión
con que este irlandés nacionalizado español desarrolla su trabajo, así como el
rigor metodológico con que afronta la escritura de sus biografías, escrupulosas
hasta la emoción.
De entre la treintena de libros
publicados por Gibson destacan los dos volúmenes dedicados a Federico García
Lorca, “sin duda alguna, el más misterioso de mis cuatro biografiados” como
reconoce en su diálogo con Esto No Es Una Revista, iniciado a
través del correo electrónico y completado en un encuentro en el madrileño
barrio de Lavapiés, donde vive desde hace diez años. Se trata de un texto imprescindible si lo que buscamos es acercarnos
al núcleo del poeta granadino. Y también para conocer y amar España a través de
la poesía y el compromiso. Pero como en todos los grandes asuntos donde
interviene lo humano, el caso Lorca también
expone su reverso más feroz, el del odio de sus asesinos y el regodeo de los descendientes
de estos, quienes “tuvieron cuarenta
años para encubrir la verdad de lo ocurrido y lo hicieron a rajatabla”.
Ian Gibson se encuentra muy
activo por estos días. La publicación reciente de Luis Buñuel. La forja de un cineasta universal (Aguilar)
ha traído consigo las correspondientes tareas promocionales. Pero el
empeño bien lo merece. Siete años de
investigación y estudio sobre Luis Buñuel y casi mil páginas editadas hablan de
un proyecto que parece tener bastante de titánico. Aunque la majestuosidad del
proyecto no resulta ni mucho menos caprichosa: “Se trata de una vida muy
complicada, muy densa, y quería contarla en profundidad. Creía, y creo ahora,
que merecía la pena: Buñuel es uno de los grandes cineastas mundiales y no
tenía aún su biografía”.
¿Cuál cree que ha sido el gran
legado, la mayor aportación de Luis Buñuel?
Comprender, con Dalí, que el cine era capaz de imitar, mejor que ningún
otro medio, el lenguaje onírico, el lenguaje del subconsciente y las
represiones. En este sentido Un perro
andaluz es un hito, no solo en la historia del cine sino de la humanidad.
Claro, no sale de la nada, ahí están los experimentos anteriores de los
surrealistas, sobre todo, por lo que le tocaba al cine, el precedente inmediato
de La concha y el clérigo, la
rompedora película de Germaine Dulac. En toda su cinematografía posterior, por
“alimenticia” que tuviera que ser, Buñuel logrará introducir gotas de
surrealismo. Fellini dijo que ningún cineasta había logrado expresar el horror
de las pesadillas como el calandino.
Se ha dicho de Luis Buñuel. La
forja de un cineasta universal que viene a completar la trilogía de
aquellos “mosqueteros”, junto con Lorca y Dalí. ¿Qué lugar específico ocupaba
Buñuel en ese trío?
Era mi intención completar la trilogía, sí. Empecé con Lorca, de Lorca
me fui a Dalí y finalmente –con el intermedio dedicado a Antonio Machado– a
Buñuel. Ellos fueron tres amigos inseparables durante la época de Madrid y la
obra de cada uno debe mucho a la de los otros dos. Son literalmente inextricables.
Quizá jamás haya habido tres creadores geniales tan íntimamente vinculados.
Añado que sin otro íntimo de ellos, José Bello, no sabríamos de la misa la
mitad, porque “Pepín” conservó la correspondencia epistolar que mantuvo con
cada uno. Es un documento de incalculable valor humano.
¿Cuál es el motivo por el cual
su biografía de Buñuel abarca únicamente hasta los 38 años de vida del
cineasta? ¿Existe la previsión de emprender la escritura de la segunda parte?
El proyecto original era hacer la biografía “completa”, como no podía
ser de otra manera. Pero no fue posible por falta de financiación. Mi editor
(Aguilar) se comprometió al principio a buscar fondos adicionales para cubrir
la investigación en México pero no lo consiguió; el Gobierno de Aragón prometió
una subvención que no llegó nunca; y tuve que decidir, unos años después,
cortar por lo sano y terminar el libro al final de la Guerra Civil, cuando se
inició el exilio del cineasta, primero en Estados Unidos, luego en México. O
sea, donde entendí que había una línea divisoria evidente. No veo la
posibilidad de seguir con la tarea. ¡Solo la aparición en el horizonte de un
millonario mexicano benefactor me convencería de retomar el hilo!..., y no la
preveo.
Usted ha investigado aspectos
desconocidos de la vida de Buñuel, un personaje capital en la cultura española
del siglo XX. Han pasado 113 años desde su nacimiento. ¿Cómo valora el hecho de
que este retrato no se hubiera emprendido antes?
He investigado aspectos desconocidos de su vida, sí, pero también he
escrutado todo lo ya sabido. Escribir la biografía de Buñuel es muy difícil. No
se puede hacer, en primer lugar, sin saber mucho de Lorca y Dalí, por lo dicho
anteriormente. Hay que saber, como mínimo, inglés, francés y español y conocer
sus literaturas correspondientes; estar dispuesto a familiarizarse con una
bibliografía inmensa y no siempre de fácil acceso; sentir fascinación por la
tarea. Y tener una financiación satisfactoria garantizada. No me sorprende nada
que mi intento haya sido el primero.
¬ ¬ ¬
Queda claro que la del biógrafo,
al menos la del biógrafo serio y exigente, no es una profesión para
complacientes. El puntilloso cotejo de las fuentes que realiza Ian Gibson suma
faena a la tensión –acaso inevitable– que se produce entre la historia y su
recreación. Si a ello le añadimos que la lucha contra la desmemoria suele tener
algo de quijotesco, se puede concluir que los proyectos que emprende el
hispanista irlandés tienen mucho de estoico empecinamiento. No casualmente
Gibson se reconoce como un apasionado ornitólogo, un paciente degustador del
avistamiento de aves.
¿Cómo compone el biógrafo una biografía? ¿Cuándo se sabe que se ha
llegado al final del proceso de escritura de una biografía?
Hay que sentir pasión por el proyecto biográfico emprendido porque, si
no, sería imposible llevarlo a buen puerto. ¿Quién va a dedicar miles de horas
de su vida a escribir
un libro así si no siente vocación por lo que hace, si no le fascina el
biografiado, si no hay compenetración y complicidad? En cuanto al final del
proceso, me imagino que ningún biógrafo se siente satisfecho de lo conseguido.
Sería imposible porque sabemos que sólo hemos logrado rozar el misterio de
nuestro personaje. A propósito, de mis cuatro biografiados, Lorca es sin duda
alguna el más misterioso.
A la hora de afrontar una
biografía, ¿qué valor le concede al testimonio, al testigo directo, en
relación, por ejemplo, a una fuente documental? Me interesa sopesar la
subjetividad de aquella, su relato recortado, con la supuesta objetividad de un
documento, el hallazgo de una carta…
¡Ah, las fuentes! Sean orales, sean escritas, hay que tratarlas siempre
con suprema cautela. Sobre todo cuando el personaje ha escrito o ha dictado sus
propias memorias (como en los casos de Dalí y Buñuel). En el prólogo de mi
libro hablo de esto. Muchas veces quien escribe su autobiografía quiere proyectar
una versión de sí mismo excesivamente halagüeña, ocultando episodios
desagradables o vergonzosos o demasiado íntimos, tergiversando deliberadamente
o a un nivel subconsciente. Al margen de ello la memoria es muy traidora, con
lo cual hay que utilizar los testimonios orales con el necesario escepticismo.
Un Buñuel o un Dalí nunca comprueban ninguna fecha, jamás ponen los pies en una
hemeroteca para comprobar algo. Son creadores, fabuladores y estas minucias no
les interesan. Por ello son necesarios los biógrafos. En cuanto a las cartas,
también pueden mentir y distorsionar. Aunque, eso sí, una carta de Buñuel
escrita en 1929 tiene mucha más probabilidad de exactitud que una anécdota suya
elaborada a lo largo de décadas. En el caso de Mi último suspiro [las memorias de Luis Buñuel publicadas en 1982
(N. del E.)], que debería llamarse Mi
último aliento –es una mala traducción del título francés original– el
realizador incurre en numerosísimos errores y deslices que hay que señalar.
El psicoanálisis tiene una
presencia que no puede eludirse en su obra. ¿Qué le aporta el elemento
freudiano a la hora de componer una biografía?
Hay que tener en cuenta siempre lo subliminal. Por otro lado Buñuel
reconoce en sus entrevistas, de manera explícita, su deuda con Freud, a quien
todos leían, fascinados, en la Residencia de Estudiantes (no olvidemos que por
entonces se publicaban en Madrid las obras completas del vienés). Cuando Buñuel
llega a París y entra en la órbita del surrealismo, ya está imbuido de Freud,
algo que les sorprende a André Breton y sus amigos. Como biógrafo, tengo
siempre en cuenta las hipótesis del psicoanálisis pero espero que críticamente,
sin perder los estribos. Buñuel tenía un “complejo de Edipo”, o sea, una
relación casi incestuosa con su madre, y no podía desconocer lo escrito por
Freud al respecto. Se nota la intensidad de aquella relación en muchas de sus
películas. En Ensayo de un crimen,
por ejemplo, y sobre todo en Viridiana.
¿Qué relación establece con la
ficción, en tanto escritor? ¿Las novelas funcionan como una vía de escape de su
trabajo de biógrafo?
Alguien ha dicho que el biógrafo es un novelista bajo juramento. Bajo
juramento, es decir, no mentir mientras trata de elaborar una narrativa que se
lea como una novela pero no lo es. Quizá los biógrafos seamos novelistas
frustrados. He escrito dos novelas para cambiar de registro, para tomarme un
descanso, pero, en el fondo, soy más biógrafo que novelista. Me falta la
imaginación necesaria, creo.
En sus ficciones, narrador e
historiador suelen compartir características y objetivos. ¿Hay una suerte de
ejercicio de autoficción en sus novelas?
En mis dos novelas hay mucho de mí, desde luego. Si me aventuro otra
vez por el camino de la ficción trataré de ser más objetivo, más inventivo.
Dado que el español no es su
lengua materna, ¿cuál es su relación con el idioma de adopción? ¿Cómo ha
evolucionado ese vínculo?
Es una relación muy compleja. Empecé a aprender el idioma a los
dieciocho años y sigo aprendiendo. Cada día hay algo nuevo, algún
descubrimiento léxico insospechado, algún giro, algún modismo. Se trata de un
viaje que no acaba nunca, ni acabará. Soy muy consciente de no haber vivido mi
infancia en español, de haber empezado tarde. Vivo el francés a un nivel más
profundo, indudablemente, pues lo comencé a aprender mucho antes, a partir de
los ocho años, y tenía algo así como una facilidad innata para el idioma.
¡Siempre me gustaba el subjuntivo! En resumen, trabajo constantemente el
idioma, lo leo con intensidad, aprendiendo siempre, y creo que a estas alturas
ya lo voy escribiendo con cierta soltura.
La figura del intelectual de
referencia y su compromiso con la sociedad han cambiado mucho en el último
siglo. ¿Cómo cree que se articula hoy día el compromiso del intelectual? ¿Cómo
prevé que puede ser esta figura en el futuro?
No sabría generalizar ni soy vidente para presagiar el futuro. Además,
me pregunto qué es un intelectual. No creo serlo yo, de todas maneras, tengo
poca aptitud para el pensamiento abstracto. Soy una persona que gusta de
investigar las vidas ajenas y dar fe de los resultados de sus pesquisas al
respecto. Un poco detective literario soy, desde luego. Y sé que sé muy poco.
¬ ¬ ¬
Resulta evidente que el trato con
Ian Gibson rezuma historia, aun sin ser él un historiador, “aunque a menudo la
gente piensa que sí”, aclara. Un pasado que de forma casi necesaria sigue
corporizándose en la época actual, ya sea por las acciones o las omisiones del
ayer; ya por lo construido o lo que ha sido aniquilado. Un tiempo presente que
tiene a España más contra un callejón sin salida que frente a una encrucijada,
y que traza un futuro –en definitiva– ante el que resulta difícil ser
optimista. Máxime, con tantos muertos sin enterrar.
La España oscura en la que
Buñuel no pudo vivir, ¿ha quedado realmente atrás? ¿Qué valoración hace del
momento que se vive actualmente en España?
No, no ha quedado realmente atrás, sigue ahí. La actual derecha en el
poder me parece un desastre para el país, sobre todo porque se niega a afrontar
el terrible problema de los 130.000 represaliados por el franquismo todavía
enterrados en cunetas a lo largo y a lo ancho del país. La considero la derecha
más ruin, más miserable, más absolutamente falta de ética de Europa. El momento
que actualmente vive España me parece pésimo, en todos los aspectos...
En el prólogo a la novela No se fusila en domingo (Pablo Uriel)
sugiere que quizá sea adecuado cambiar el lema de Descartes “Pienso, luego
existo” por “Tengo miedo, luego soy”. ¿Qué lugar cree que ocupa hoy el miedo en
nuestras sociedades?
No se trataba de una novela sino de cómo cayó Sevilla en manos de
Queipo de Llano, si no me equivoco. El miedo es el gran enemigo y creo que los
que procedemos de las religiones monoteístas lo tenemos inserto en el meollo de
la psique. El cristianismo no ha superado su origen, el tremebundo Yavé hebreo
sigue allí arriba, el Dios de la guerras y de las plagas y de los castigos
espantosos. ¡Cómo no sentir miedo! Acabo de leer detenidamente el Antiguo
Testamento (en la traducción inglesa de 1970) y me he quedado horrorizado. Nací
en el seno de una familia protestante y sé lo que digo cuando hablo de miedo.
¿Cuál es su opinión sobre
movimientos como el 15M? ¿Cómo cree que debería ser su evolución?
A mi juicio, y con todos los respetos, no pueden tener consecuencias
duraderas si no se integran en el sistema “democrático” existente para intentar
modificarlo desde dentro. Al fin y al cabo, la democracia es el sistema
político menos malo que se ha inventado. Creo que lo indica así la historia
humana. El 15M me recuerda un poco –pensando ahora en el Evangelio– a aquella
voz que grita en el desierto. Es una lástima, pero es así.
Tras tantos años en España y
con el conocimiento profundo que usted tiene de nuestra historia y actualidad,
¿qué lección hemos extraído del pasado? En rigor, ¿las sociedades extraen
lecciones del pasado o “la vida sigue”?
En estos momentos este asunto me trae muy deprimido, a decir la verdad.
Y casi he contestado ya a la pregunta. No profeso tener el conocimiento profundo
que usted dice de la historia española, pero creo poder decir que España es un
país que tiene un gran desconocimiento de sí mismo, de su pasado y de su
cultura. Un pasado ciertamente muy complejo, entre otras razones, por la mezcla
de elementos constitutivos del “alma” nacional: cristianos, judíos, musulmanes,
con sus idiomas correspondientes y apenas estudiados, en el caso de los dos
últimos. Un ejemplo: en absoluto se les ha hecho justicia a los “moriscos”
echados de España a principios del siglo XVII. Medio millón, se dice, de una
población total de unos siete. Una expulsión brutal que hizo un daño
irreparable al país. Aquellos seres eran tan españoles como los cristianos. Y
hoy no se enseña nada de árabe en las escuelas españolas. Es patético, con las
más de 5.000 palabras de origen árabe que contiene el léxico, sin mencionar los
innumerables topónimos, empezando por Madrid.
La memoria histórica pareció
haber adquirido categoría de “asunto de Estado” durante el último Gobierno del
PSOE. Sin embargo, entre la arrogancia de la derecha y la tibieza del
socialismo nos hemos quedado con los muertos sin enterrar. ¿Cómo puede
sostenerse una democracia sin haber hecho justicia sobre este tema?
El
PSOE impulsó tarde la llamada Ley de Memoria Histórica, hasta finales de
aquella legislatura. Y aunque supuso en su momento un avance en la materia, era
y es una ley poco satisfactoria. La actitud de la derecha fue entonces ruin y
lo sigue siendo. Yo mantengo que este país nunca va a ser nada si no resuelve
cuanto antes este asunto primordial. Solo haría falta un poco de magnanimidad
por parte del PP. Me produce auténtica vergüenza que la sede del Premio
Príncipe de Asturias en Oviedo esté en una calle que lleva el nombre del
general Juan Yagüe, el autodeclarado responsable de la masacre de “rojos” en
Badajoz; así como me sublevan otros mil insultos en la misma línea. No sé cómo
España puede ir por el mundo con la cabeza erguida. Y ello sin mencionar los
escándalos que llenan los periódicos día tras día. Da la impresión de que al
Gobierno todo ello le importa un bledo.
Usted ha dicho que el de García
Lorca “es un crimen aún no resuelto del todo”. ¿Qué tan cerca –o tan lejos–
estamos de su resolución completa?
“Resolución completa” no habrá nunca. Se trata del desaparecido más
simbólico de la Guerra Civil: más simbólico, más llorado, más universalmente
querido y admirado; con Cervantes, el mejor embajador español de todos los
tiempos. Tuvieron cuarenta años para encubrir la verdad de lo ocurrido y lo
hicieron a rajatabla. Y allí está todavía, en una cuneta aún no encontrada. Su
propia familia se desentiende del asunto. Está en curso otro intento de
localizarlo –la Junta de Andalucía apoya la iniciativa– pero desde hace meses
no tengo noticia alguna al respecto. Sería mi mayor alegría, antes de morirme,
que por fin hallasen los despojos mortales del poeta.
¿Qué cree que debe hacerse con
el Valle de los Caídos y con los restos de Franco?
Para empezar, devolverlos a su familia (también los de Primo de
Rivera). Luego desmantelar la odiosa cruz, que de cristiana no tiene nada.
Después, resolver el asunto de los restos republicanos allí enterrados sin el
permiso de sus familiares. Finalmente, ¿un centro de reflexión sobre la
contienda? Quizá, para recordar a las generaciones futuras el horror de la
dictadura.
Luis Buñuel. La forja de un
cineasta universal ¬ Aguilar
El autor quiere agradecer a Guillermina Robles, sin
cuya intervención decisiva esta entrevista no habría sido posible. Agradece a
Fabián Diez y Sergio Campos por la lectura de borradores y el intercambio de
opiniones, a Olmo
Calvo por su disposición y a Gabriela Mitidieri por los contactos y el cariño.
Alejandro Feijóo
Fotos: Olmo Calvo
(Publicado en Esto No Es
Una Revista, número 29-30: Santa Rosa y San Pedro)
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